Queremos comenzar con un extracto de la obra que tomaremos como punto de partida de esta bitácora, “El Aleph” del maestro Jorge Luis Borges:

-¡El Aleph! – repetÃ.
-SÃ, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volvÃ. ¡El niño no podÃa comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahà estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición…
… Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!
… Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguÃ, pudo parecerme total. Súbitamente comprendà mi peligro: me habÃa dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el Ãntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenÃa que matarme. Sentà un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrÃ. Entonces vi el Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquÃ, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de sÃmbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los mÃsticos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogÃas; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarÃan el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedarÃa contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creà giratoria; luego comprendà que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph serÃa de dos o tres centÃmetros, pero el espacio cósmico estaba ahÃ, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veÃa desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mà como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un cÃrculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solÃa maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el dÃa contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecÃa reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increÃbles, precisas, que Beatriz habÃa dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente habÃa sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vÃsceras, vi tu cara, y sentà vértigo y lloré, porque mis ojos habÃan visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible
universo…
… Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al cÃrculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el sÃmbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes…
..¿Existe ese Aleph en lo Ãntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.”
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Partamos por tanto de aquÃ, de un punto de encuentro donde cabe cualquier otro punto de encuentro; un diario en el que están todos los diarios; es decir, un idea donde están todas las ideas. En forma de espiral, de fractal, de conocimiento encadenado, donde todo está relacionado con todo. Pasemos al siguiente eslabón…

3 respuestas hasta el momento ↓
La Ciudad del Mundo « El aleph // Octubre 3, 2006 a 7:40 pm
[...] El-Aleph ← Punto de partida: El Aleph [...]
La Ciudad Fractal contra La Ciudad del Automovil « El aleph // Octubre 4, 2006 a 11:50 am
[...] Sigamos auto-referenciando, casi siendo redundantes en ideas comentadas previamente, pero entrando en detalles. Existe a dÃa de hoy bastante acuerdo en que la forma en que los objetos se auto-organizan, bien sean seres vivos o inertes, puede explicarse mediante algunas leyes matemáticas. Gracias a ello, han surgido multitud de disciplinas y conceptos matemáticos y fÃsicos que se vienen aplicando en contextos que, a priori, parecen muy alejados unos de otros. Hablaremos de algunos de estos ejemplos en posteriores eslabones, y nos centramos aquà en uno concreto que nos permite referenciar las ideas de “caos” y “fractalidad” que Borges, Auster y otros autores han explorado de forma abstracta. [...]
Olgunka-fy // Marzo 6, 2009 a 3:26 am
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