Archivo mensual: diciembre 2006

La Ciudad del Mundo

Hay conceptos recurrentes, que parecen haber llamado (y aún lo hacen) la atención a distintas personas en distintos lugares y momentos. Al hilo del anterior relato de Borges, donde referencias a objetos muy similares al Aleph aparecen en la antigüedad, engarzamos otro eslabón con una adaptación libre de un extracto de “The music of chance” (La música del azar) del genial Paul Auster.

El único objeto en la habitación era una enorme plataforma en el centro, cubierta con lo que parecía ser una miniatura a escala de una ciudad. Era algo fabuloso de observar, con sus curiosas cúpulas y edificios, calles estrechas y figuras humanas microscópicas, y conforme los cuatro se acercaban a la plataforma, Nashe comenzó a reir, impresionado por algo tan singular y elaborado.

“Se llama la Ciudad del Mundo“, dijo Stone modestamente….”me gusta trabajar en ello…..Es como me gusta ver el mundo. Todo en él ocurre al mismo tiempo“…

“…es algo más que un simple juguete”, dijo Flower, “es una visión artística de la humanidad. En cierto modo, es una autobiografía, pero por otro lado es lo que llamarías una utopía, un lugar donde el pasado y el futuro van de la mano, donde el bien finalmente triunfa sobre el mal. Si te fijas bien, verás que muchas de las figuras representan en realidad al propio Willie…”

Nashe señaló una zona vacía y preguntó que planes tenían para esa sección.

“La casa donde estamos justo ahora”, dijo, “La casa y después los campos y bosques, por ahí a la derecha” – apuntando en la dirección de la esquina opuesta – “Pienso hacer un modelo separado de esta habitación. Debo estar en ella, por supuesto, lo que significa que debo construir otra Ciudad del Mundo. Una más pequeña, una segunda ciudad que se ajuste a la habitación dentro de la habitación”

“¿Quieres decir, un modelo del modelo?”, dijo Nashe.muñeca rusa

“Exacto, un modelo del modelo. Pero debo acabar todo antes. Sería el último elemento, algo a añadir justo al final”

“Pero si hicieras un modelo del modelo, teóricamente deberías hacer un modelo incluso más pequeño de ese modelo. Un modelo del modelo del modelo. Y así sin fin”.

“Así tendría que ser, pero supongo que no podré pasar de la segunda etapa. Me refiero al tiempo. Me ha llevado 5 años hacer esto. Me llevaría otros cinco acabar el primer modelo. Si el segundo es tan difícil como supongo, necesitaría otros 10 años, quizá 20. Tengo 56 años ahora….”

En esta novela, Auster se acerca más que nunca a esa bella mezcla de filosofía y conceptos matemáticos que apuntan a la comprensión del infinito, a la influencia del azar en el devenir de los acontecimientos, al caos. En todo esto sin duda hay reminiscencias de Borges, pero también de otros autores que podrían formar parte de próximos eslabones de esta cadena…

Tenemos ya en dos pasos bastantes elementos de esta bitácora, que se construirá de forma recurrente, autorreferenciando sus propios elementos. Como una Ciudad del Mundo, un Aleph, un fractal, una muñeca rusa…

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Punto de partida: El Aleph

Queremos comenzar con un extracto de la obra que tomaremos como punto de partida de esta bitácora, “El Aleph” del maestro Jorge Luis  Borges:

Borges

-¡El Aleph! – repetí.

-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.

-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?

-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.

-Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición…

… Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

… Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible el alephuniverso…

… Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes

..¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.”
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Partamos por tanto de aquí, de un punto de encuentro donde cabe cualquier otro punto de encuentro; un diario en el que están todos los diarios; es decir, un idea donde están todas las ideas. En forma de espiral, de fractal, de conocimiento encadenado, donde todo está relacionado con todo. Pasemos al siguiente eslabón…